Historia del cuento chino

Por Tomás Onorato

“Para derrotar al enemigo debemos confiar en el ejército armado. Pero eso no es suficiente: también debemos contar con un ejército cultural”. Con esta frase, entonada en Yan’an, en 1942, el comandante comunista Mao Zedong condenó a la cultura china a someterse ante las necesidades políticas y económicas del país. En ese incierto futuro entraba un arte que estaba dando sus primeros pasos: el cine.

El llamado séptimo arte llegó a finales del siglo XIX y principios del XX, de la mano de productoras extranjeras. En 1905, se realizó la primera película, una grabación de la Ópera de Pekín. Entre el año 1900 y el 1930, el largo brazo de la industria estadounidense ocupó Oriente, mientras caía la dinastía Qing y se afianzaba en el poder la “República Burguesa”, como califica el ex embajador español en China, Eugenio Bregolat. Técnicos y productoras norteamericanos capacitaron a sus pares chinos, lo que tuvo como resultado el nacimiento de las primeras productoras nacionales: Mingxing y Tianyi.

En 1949, Mao, líder del Partido Comunista Chino (PCCh), se convirtió en el presidente del país oriental y puso en marcha un feroz intento de modernización. “Mao consiguió que China se convirtiera en dueña de sus destinos y que sus habitantes recuperaran el orgullo. Aspiraba a forjar el ‘hombre nuevo’ comunista, altruista y desinteresado”, explica Bregolat en su libro “La Segunda Revolución China”. No obstante, la reforma del comandante requirió de un episodio muy oscuro para la industria cinematográfica, entonces en auge de renovación: la “Revolución Cultural” (1966 – 1976).

cine chino
Zhang Yimou debutó en la industria en 1987, con la película Sorgo Rojo.

“Más allá del ataque a las autoridades consideradas revisionistas y contrarrevolucionarias, con la Gran Revolución Cultural Proletaria, Mao Zedong pretendía también una completa transformación del pensamiento, valores y conducta de la sociedad china”, detalla el libro de la Universidad del País Vasco. “La historia a través del cine chino y japonés en el siglo XX”. Durante este período, la esposa de Mao, la actriz Jiang Qing, cumplió un papel de verdugo en la producción cultural. Intelectuales, instituciones y artistas en general fueron acallados con métodos que iban desde la censura, hasta el homicidio. “La producción de películas se paró completamente al inicio: los cineastas debían ser ‘reformados’ y ‘reeducados’, ya que -al ser una forma de arte occidental asociada a la China prerrevolucionaria- el cine era sospechoso de ser burgués”, relata Chris Berry, profesor en King’s College de Londres y especialista en cine chino.

En los años ’80, superada hace 4 años la Revolución Cultural, asumió un nuevo líder: Deng Xiaoping, perteneciente al ala más aperturista del PCCh. Sus ideales le habían costado la purga del partido en dos oportunidades, pero, desde 1997, había logrado forjar el camino de China según su amplia percepción internacional. La puesta en marcha de la apertura comercial se replicó en el campo cultural hacia el exterior, pero también hacia las viejas películas censuradas por Mao.

El resultado fue la “Quinta generación”, un nuevo grupo de directores y productores graduados de la Academia del Cine de Pekín, fundada en el 1950, cerrada durante la Revolución Cultural, y reabierta en 1977, cuando por fin tuvo como objetivo educar cineastas, no propagandistas.

De la mano de históricos exponentes, como Zhang Yimou o Chen Kaige, la quinta camada de graduados en la academia, en 1982, retomó temáticas, estilos y elementos del cine clásico. Estos estudiantes vivieron el fenómeno que fue la “Revolución Cultural” en su adolescencia, cuando fueron enviados a las zonas rurales para “aprender del pueblo”. Manel Ollé, profesor en historia y cultura de la Univesidad Pompeu Fabra, en Barcelona, relata: “(Los futuros cineastas) recibieron una inyección de realpolitik, que los acabó inmunizando del bombardeo de consignas ideológicas de la época. Allí, pudieron también entrar en contacto con la China profunda, rural, tradicional, con etnias minoritarias, incontaminada de los discursos de modernización y de uniformización emitidos desde los centros de poder de Beijing”.

Conforme avanzaban las innovadoras obras audiovisuales, el circuito internacional empezó a poner foco en los nuevos talentos. En 1988, “Sorgo Rojo” y “La historia de Qiu Ju”, de Yimou, se coronaron en los festivales de Berlín y Venecia. Además, Kai ge triunfó en Cannes con “Adiós a mi concubina”.

En 1990, las políticas estatales de apertura, sumadas al apoyo económico, dieron paso a una nueva oleada de flamantes experimentadores tras las cámaras. Ollé destaca: “Hablar de cine chino ya no es sólo hablar tan solo de estéticas lujuriosamente exóticas, dramas rurales, tragedias íntimas y grandes frescos históricos, ritmos morosos y paisajes ancestrales (cómo vemos en algunas de las primeras películas de Zhang Yimou o Chen Kaige), también es hablar de miradas y relatos de una modernidad rabiosa, capaces de dar voz a las nuevas formas de soledad urbana, como en los últimos films del hongkonés Wong Kar-wai o del taiwanés HouHsiao-hsien”.

Para concluir, el profesor de cine de la Universidad de Auckland, Paul Clark, explica: “La ambigüedad, confusión y pesimismo sobre su propia nación y cultura no debería sorprender a quienes vean las películas de la Quinta Generación; muchas de ellas surgidas de su propia experiencia en los ’60 y ’70. Estas personas tienen una amplia perspectiva sobre su nacionalidad. Representan a la generación con mayor apertura internacional en la historia. Ellos son parte del mundo del cine”. El graduado del Universidad de Pekín, cierra su libro “Reinventing China: A Generation and Its Films” con esta reflexión: “Mientras (los nuevos cineastas) continúen usando el lenguaje internacional del cine para reflejar China, la imagen de su país seguirá cambiando. Tian Zhuangzhuang, en 1988, estaba filmando el break-dance chino. Para quienes temían que estuviese vendiendo su alma por audiencia, típico, él respondió en broma: “¿Por qué no?”

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