Un drama tubular y la consagración de Margot Robbie

Por Tomás Onorato

Uno de los dramas deportivos más importantes de la historia norteamericana recopilado en base a las “versiones” de sus protagonistas; I, Tonya no es simplemente la obra que lanza a Margot Robbie a un nuevo estrato de la elite actoral, además, su director, Craig Gillespie, redefine el valor del drama y relativiza la manera de contar una historia basada en hechos reales. Mientras, envuelve cada elemento en una tubular estética ochentosa.

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Tonya Harding tenía cuatro años cuando ganó su primer competencia de patinaje sobre hielo. Su talento la llevó al primer y segundo lugar de los campeonatos nacional e internacional de 1991, respectivamente. Ese mismo año, se convirtió en la primer estadounidense en “intentar y completar” (insistirán los relatos del film) un salto triple axel. Sin embargo, el hecho que ató a Harding como rehén en la historia del deporte fue su participación en un asalto sobre una de sus pares, Nancy Kerrigan. Evento que se encargaría de opacar todo galardón bien merecido en el haber de la patinadora.

Por otro lado, la vida personal de la infame joven (hoy tiene 47 años), nacida en Portland, Oregon, fue un constante y destructivo desfile de violencia. Tonya creció en una casa mantenida por el sueldo de una mesera, producto de la huida de su padre. LaVona Golden, su madre, la avasalló con insultos, golpes y desinterés que no temió en justificar años después. Una vez superada la guerra maternal (cuando aún faltaba lidiar con la posguerra), la enorme promesa conoció y se casó con Jeff Gilloly, para verse una vez más atrapada en una avalancha de maltrato. Aún sobreviviendo las golpizas tanto físicas como emocionales, Harding fue boicoteada por el comité de patinaje sobre hielo por su forma de vestir y comportarse. Poco les interesaría que ella debiese cocerse sus propios leotardos.

Este torbellino de dolor, atrapado en una vidriera de cristal, es encarnado por Margot Robbie, quien también produce el proyecto. La actriz, relativamente nueva en el circuito de Hollywood, aún lucha por demostrar que su talento supera su enorme belleza. Con una nominación a “mejor actriz protagónica”, I, Tonya podría ser el camino para cumplir ese destino.

En distintas entrevistas, la actriz cuenta cómo explotó las horas y horas de contenido visual sobre la historia real para adoptar los rasgos de su interpretada. Gracias a ello, a la hora de reunirse con la patinadora, pudo concentrarse en entender su interior.

El resultado final es una adolescente que lucha por soltarse del dolor y la inseguridad para poder entregarse a su primer beso; una celebridad que se mira al espejo intentando juntar todos sus pedazos rotos antes de dar la prueba que definirá si su vida tiene valor; o también, una satírica mujer de cuarenta en constante catarsis ahogada de tabaco. Margot Robbie se adueña del personaje, para transmitir esta totalidad sentimental.

En un nivel completamente distinto, se encuentra Craig Gillespie. El director de películas out of the box, como Lars and the real girl (Lars y la chica real), impone un recurso difícil de usar sin volverlo contraproducente: la cámara en mano. En la gran mayoría de las tomas sobre la vida de Tonya, el espectador parece estar viendo imágenes grabadas por un familiar – con medido pulso y encuadre-.

Gillespie trabaja para volver el film auténtico, entrañable para el espectador que vivió la década de los ‘80. La primer mitad de la película se relata como un videoclip de la época -alcanzando su clímax en una toma continua de saltos temporales que recorre el hogar de un hombre en soledad-.

La música, la ambientación, el vestuario, y más aún los peinados, generan el sobresalto nostálgico, al mismo tiempo que describen perfectamente las personalidades de cada protagonista.

Sin embargo, el rasgo más interesante en el estilo de Gillespie es la relativización del drama, condicionado por una biopic (película biográfica) llena de datos subjetivos.

Cada escena del film fue contada por uno de sus protagonistas y negada por otro. En este marco, el director decide contar una historia en donde cada uno tenga el lugar de contar su versión, tanto tácitamente como en forma de testimonio directo.

Por otro lado, la violencia no se pone en debate, todo lo contrario: se expone. Cada insulto de LaVona, interpretada gloriosamente por Allison Janney (ganadora de un Oscar a Mejor Actriz de Reparto por esta película), y cada puñetazo de Jeff, encarnado por Sebastian Stan, son la atracción principal. Sin embargo, muchas veces se relativiza el drama, el dolor, a través de frases que rompen la cuarta pared o actuaciones más irreverentes. Puede volverse confuso pasar del agobio de un marido golpeador a un chiste en un testimonio protagonizado por Janney.

El dolor se pone en retrospectiva hasta estallar en densas gotas de desesperación. El diario New York Post calificó a I, Tonya como “la biopic que necesitamos en este momento, en referencia al reciente destape del sistema de abuso y discriminación que sufren las mujeres en Hollywood. La película nominada a tres premios de la Academia es un crudo testimonio de violencia. No teme experimentar con el tema hasta naturalizarlo, pero la humanidad en la interpretación de Margot Robbie logra reinvindicarlo, para dejar en exposición al propio expectador.    

 

 

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