La inclusión asoma en la pantalla grande

Por Sol Bonato

Lejos de ser una moda, las películas LGBT responden a un compromiso social y ayudan a dar un paso más a favor de la diversidad que últimamente no para de crecer, ya que este año fue para Call me by your name, 120 pulsaciones por minuto, Una mujer fantástica, Love Simon y Every Day.

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Aún así existen muchas más producciones de las que se pueden ver en el cine, porque si llegan desde un gran estudio y encima consiguen una nominación al Oscar, por más que no ganen, atraen mucho: “Cada vez hay mayor difusión de este tipo de películas y tiene que ver con el efecto que han tenido leyes tan importantes como la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género, ya que la sociedad tiene más presente a la diversidad sexual, y esto incluye a la industria del cine, que produce para el consumo de los demás”, afirma María Rachid, Secretaria General de la Federación Argentina LGBT. 

Si bien, no hay un registro en la industria del cine para la primera película de ese estilo, existe una excepción y quizás sea la más conocida: Diferent from the Others, dirigida por el austriaco Richard Oswald en 1919. La trama central es la historia de amor entre dos hombres que, para su contra, son chantajeados por su condición. Aunque fue censurada en ese momento, tuvo el espíritu de combatir la homofobia social y abordar un tema que en aquella época era tabú. Sin embargo esas joyitas de “excepciones” que de vez en cuando surgían -siempre y cuando no eran censuradas- no tuvieron el espacio merecido que sí se destinó para una corriente de homofobia en la industria. Oswald sostiene que en la historia cinematográfica no hubo muchos cambios con respecto a la proyección de este tipo de personajes: “Durante el siglo XX la forma de personificar al gay o a la lesbiana era en general ridiculizado y siempre desde un lugar muy discriminatorio, que contribuyó a fomentar estereotipos de mucha violencia en nuestra sociedad”.

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Si nos ubicamos en la línea de tiempo, un hecho clave en la historia LGBT fueron los “disturbios de Stonewall” -en 1995 estrenaría Stonewall, película británica dirigida por Nigel Finch-, que consistieron en una serie de manifestaciones espontáneas y violentas en protesta contra las fuerzas de seguridad, que tuvo lugar en la madrugada del 28 de junio de 1969, en el pub conocido como Stonewall Inn, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village. Frecuentemente se cita en estos disturbios a la comunidad LGBT y su lucha contra un sistema que perseguía a los homosexuales con el aval del Gobierno, como en la Alemania del 1920.

Con el Stonewall podemos asentarnos entre los ’60 y ’70 -plena Edad de Oro Hollywoodense-, en donde el homosexual es el punto de burla y ridiculizado en todas sus formas. Eran atormentados, vistos como una fobia y nunca un personaje gay o lesbiana era feliz, ya que en esos tiempos destaca la idea del personaje con final trágico. En 1961, estrenó La calumnia, dirigida por William Wylery y protagonizada por Shirley MacLaine y la leyenda de Audrey Hepburn, en un contexto en donde ya hicimos referencia que si mencionar las palabras “gay” o “lesbiana” parecía pecado, mostrar una relación lo era aún más. Pero la trama de ese film no es la exclusión social de ellas, sino la “desgracia, la vergüenza y la repulsión” que generan esos sentimientos en una de las mujeres. ¿Acaso un personaje LGBT no está destinado a un final feliz en la industria?. No siempre fue así ya que, en 1970, Los chicos de la banda tocó la puerta de las productoras para revolucionar la idea construida. Dirigida por William Friedkin, sorprendió al público al ser la primera película, en mostrar personajes homosexuales, con un final positivo en esa década.

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Ya en los ’80, las tramas fueron desligándose de lo que se venía viendo. La sociedad y la comunidad científica en particular se encontraron con una enfermedad desconocida hasta entonces, la que más tarde sería conocida como el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) o Virus del HIV. Los miedos y las incertidumbres iniciales, la respuesta de los diferentes grupos sociales, las batallas contra la ignorancia, las luchas por el acceso a un tratamiento, la afectación de los individuos que lo padecían y su entorno han sido frecuentemente reflejados en diversos largometrajes. En esa década surgió la punta del iceberg de la epidemia del SIDA, que rápidamente se lograría expandir y que solo era atribuido a los homosexuales. El 11 de noviembre de 1985, la cadena norteamericana NBC presentó la primera película hecha para la televisión sobre el SIDA: An Early Frost, de John Erman. La información que se ofreció sobre las vías de transmisión fue acertada y, además, eliminó las paranoias atribuidas a contaminaciones masivas y a fallecimientos inmediatos.

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En la década de los ’90, el cine consiguió que el público entendiera mejor las reacciones individuales y las vivencias de los que padecían VIH. La ignorancia que existía en la sociedad generaba un miedo y un rechazo desmedido frente a los individuos. Los grandes estudios no tardarían, en sumar ésta problemática a sus intereses con: Los amigos de Peter (Kenneth Brangah, 1992), En el filo de la duda (Roger Spottiswoode, 1993), Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) o Las horas (Stephen Daldry, 2002) .

Tuvimos que esperar al cambio de milenio para que fuera crucial la producción de películas LGBT. Se abordó el tema con más liviandad e inclusión. En junio de 2015, el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, publicaba en su cuenta de Twitter: El amor gana”, luego de que la Corte Suprema de Justicia permitiera que el matrimonio homosexual sea un derecho constitucional, obligando a los trece estados del país, que aún lo prohibían, a permitir que las personas del mismo sexo puedan unirse legalmente.

La aceptación del matrimonio igualitario en el país norteamericano influyó, cada vez más, en diferentes disciplinas. Fue un motivo más que suficiente para que los productores hollywoodenses se pusieran en campaña. La temática LGBT estaba entrando en la agenda política y cultural. No es casualidad que ese año se hayan estrenado más películas de ese estilo: como La chica danesa, que le valió a Eddie Redmayne un Oscar a Mejor Actor; Carol, con la galardonada Cate Blanchett; About Ray, protagonizada por Susan Sarandon y Freeheld, la cinta de Julianne Moore y Ellen Page. Al año siguiente, Moonlight ganaría el Oscar a Mejor Película.

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Aunque todavía falta para que podamos ver a la fuerte industria del cine dando pasos agigantados a favor de la diversidad, se logra reflejar en algunos casos la realidad que sufre el colectivo y, también, se puede apreciar cómo se normaliza esta temática.

Quién podría entender, sino, un final como el de Call me by your name. El brillante rodaje, dirigido por el italiano Luca Guadagnino, termina cuando Elio habla con su padre y éste le responde con un monólogo sensible y comprensivo: “La mayoría de los padres esperan que todo pase o rezan para que sus hijos se recuperen pronto. Yo no soy un padre así. Si hay dolor, aliméntalo. Si hay una llama, no la apagues, no seas cruel con lo que sentís. Nuestros corazones y cuerpos se nos regalan una vez en la vida”. Como padre, habla a su hijo desde la admiración por alguien que ha sabido ser valiente y honesto con sus sentimientos.

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