La bestia invisible: una historia de fantasmas y recuerdos

Por Ignacio Dunand

Preguntas sin respuesta e imágenes dispersas sobre una atmósfera inquietante resumen la trama de La bestia invisible. Este relato colectivo se construye a partir de retazos de memorias contadas por sus protagonistas. Un experimento teatral en estado puro, no apto para convencionalistas.

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Acá estamos todos. Siendo esto que somos. A veces hay certezas, que  nos llegan en forma de sueño y a ella le pasó muchas veces (Emmanuelle Cardon).  A otra le parece horroroso ser quien es. Mira, como desde el fondo de un pozo, y no se le ocurre nada más (Marian Veyra). También hay un chico que tiene grabada en el hueco de su mano la palma de su abuelo (Julián Ponce Campos) y una chica que tiene al suyo en un cuaderno (Lucía Szlak).

¿Alguien se imaginó a sus abuelas y abuelos siendo niños? Ella sí, los ve andando huérfanos por las calles devastadas por la guerra (Florencia Halbide). Está el que afirma no saber que hace acá, él mismo se recuerda a un cuento que leyó de chico (Nahuel Saa) y la que descubre que a veces no somos lo que parecemos y se ve reflejada en una lagartija (Paola Lusardi); otro que era buenísimo haciendo las vueltas de carnero en el colegio (Germán Leza) y la que piensa que olvidar sin querer es como estar a punto de desaparecer (Loló Muñoz) y el último que sabe, y que se atreve a confesar que no sabemos cómo terminar (Pipo Manzioni). Esta es la premisa que anticipa el programa teatral: no es extraño que, luego de un planteo tan sofisticado, los espectadores salgan con más interrogantes que al inicio.

La puesta en escena es más bien lúgubre y escasa. El peso recae en la sucesión de monólogos que conectan los hilos de La bestia invisible. El resultado tiene un efecto “sube y baja”: algunos actores se compenetran con su historia, logrando resultados atrayentes que (por momentos) rozan el magentismo; otros desinflan el climax establecido. No obstante, el conjunto es cálido a la vista y la experiencia es íntima y única. Cada espectador se llevará algo diferente. Algunos se emocionan, otros reflexionan y también está la porción que no entiende y sale disgustada.

Aclaración no menor: La bestia invisible responde a esa categoría de obras que es difícil encasillar ya que se encuentra lejos del circuito comercial y, por ende, más difundido, pero tampoco se encariña con ningún género teatral. Es una conjunción de sensaciones.

La bestia invisible tiene pasajes filosóficos, otros reflexivos, algún momento un poco más cinematográfico y preguntas, muchas preguntas. Es lo más cercano a la composición de un sueño: desordenado, complejo, revelador y confuso. Under en su máxima expresión.

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