Sólo vine a ver el Jardín y a escuchar poesía

Por Sol Bonato

A todos nos surgen sentimientos cuando escuchamos, recitamos o escribimos versos, poemas, o algún texto. ¿Qué sentimos al leer, al escribir, o cuando presenciamos? Si vamos a un género particular, hablemos de la poesía. En donde los relatos nos hacen entrar en otra dimensión, en otro mundo lleno de posibilidades en el cual nuestra propia imaginación juega un papel fundamental. La literatura tiene ese don.

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Sólo vine a ver el Jardín, es una obra que toma la poesía de Silvina Ocampo y relatos de Alejandra Pizarnik, y a través de un recorrido nos lleva por historias de mujeres oprimidas en la ficción, pero con una gran resonancia con la realidad. A lo largo de la historia, a las mujeres no nos regalaron nada, nunca. Todo lo conseguimos al frente y luchando contra una sociedad que impuso desde siempre su construcción machista y patriarcal. Las protagonistas de la obra sufren, y el dolor se hace presente para cautivar al público.

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Tres mujeres habitan en un mismo espacio. Una cuarta mujer, la narradora, es quien nos sumerge en este universo de voces fragmentadas, a través de los relatos. Expresan sus miedos y experiencias acerca del amor, la muerte, los celos, los recuerdos de la infancia. “Mi historia son pedazos”, con esa frase inicia todo. La obra contrasta situaciones cotidianas con experiencias traumáticas y dolorosas, en las que se reflejan las distintas respuestas de cada una a estos momentos. Las acciones se desarrollan en un plano confuso, donde se mezclan realidad y fantasía. La pieza plantea múltiples posibilidades de interpretación, en la que cada personaje podría ser una parte de la misma mujer, o bien tres mujeres diferentes que comparten cada una sus vivencias.

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La puesta en escena también es posible gracias al espacio donde se realiza: Querida Elena, –Pi y Margall 1124– un rinconcito del barrio porteño de San Telmo, que se encarga de ser el escenario del espectáculo, con un recorrido que genera intriga por todas las habitaciones. No es una típica función, en Querida Elena el espectador camina a la par de las actrices, por todo el centro. Y eso es uno de los condimentos que la directora Florencia Santagelo nos brinda para adentrarnos de lleno en el relato, además de contar con su impecable actuación. Cecilia Dellatorre, Paula Rivas y Florencia Otero brillan a la par de su directora. Tienen una esencia que conmueve y una actuación bien lograda que transmite el dolor. Sobre todo en la escena final, donde las protagonistas recurren a lo que ellas creen que es su único método de salvación para dejar de sufrir. Porque el principio ha dado a luz al final y la jaula se ha vuelto pájaro.

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El vestuario es algo para destacar: un vestido negro, color apagado que no transmite alegría ni felicidad, acorde a la trama. Detalles blancos, pelo recogido y envuelto que, por momentos se asimila a las criadas del libro de Margaret Atwood. Sobrio y de luto, acorde a las pocas luces que acompañan el viaje. Porque si, Sólo vine a ver el Jardín es un viaje a través de los poemas. Un viaje en donde la narradora nos guía, sólo con una vela en mano para iluminar el camino de la literatura, los pasillos de Querida Elena, y los rostros de las protagonistas.

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