Al mismo tiempo que arte son pecados (omitidos)

Por Tomás Onorato

Dos fenómenos de la belleza se reencuentran como hace más de cien años. Gauguin: Viaje a Tahití revive la vida del histórico pintor postimpresionista en su viaje por la Polinesia en un relato con foco en la imagen, más que en la historia.

Paul Gauguin nació en París en 1848. Su vida desde joven se basó en reconvertirse ante las crisis. A los tres años, su familia se exilió a Perú huyendo del régimen napoleónico. Su padre moriría en el viaje. Volvió a Francia como un marino mercante, donde moriría su madre. Entonces, gracias a su nuevo tutor, ingresaría en el mundo de las finanzas, que le daría el estatus para casarse y vivir dignamente con una familia de cinco. Sin embargo, tras la caída de la bolsa en 1882, el pintor amateur se dedicó únicamente a su arte.

Lamentablemente, sus obras no fueron valoradas. Para 1890, el artista estaría en la ruina, habría abandonado a su familia y gastaría hasta su último centavo en un viaje a Tahití, en busca de un “arte sencillo, una naturaleza virgen, no ver nada más que salvajes”. Encontraría mucho más que eso.

gauguin

Es entonces que inicia la película del director francés Edouard Deluc, galardonado por su cortometraje ¿Dónde está Kim Basinger?. Desde que se ilumina la pantalla, la actuación del personaje principal se roba todos los reflectores. Es que el encargado de dar rostro al atormentado pintor es, nada más y nada menos, que Vincent Cassel. La profundidad de la interpretación de 52 años es tan rotunda que opaca su paradisíaca locación. El actor de Black Swan (El cisne negro) y La Haine (El odio) no defrauda con su mirada, consigue una realista composición física de Gauguin y no le es ajeno a su locación.

Los otros dos protagonistas también son bien cuidados por el realizador. En primer lugar, las muchas obras de arte que se muestran en proceso o concretadas poseen un justo protagonismo y coherencia, exceptuando alguna licencia poética de Deluc. Por otro lado, la película no olvida que transcurre en uno de los “confines de la tierra”, como lo califica el actor Marc Barbé, interpretando al poeta Mallarmé. La iluminación naturalista en los exteriores mantiene al espectador en un trance, mientras nos ilustra una parte de la guerra en el interior del artista francés. Sin embargo, las escasas escenas interiores son un poco más pobres en la composición.

Estos tres elementos claves del film apuntalan uno de sus puntos más bajos: el guión. La vida de un artista de la talla de Gauguin es rica en historias, crisis y polémicas. No obstante, la obra de Deluc resuelve las problemáticas más duras de manera escueta, concentrándose en clichés de cualquier novela romántica barata o un capítulo de un reality de supervivencia. Además, los diálogos son, en su mayoría, poco profundos. Los personajes carecen de trasfondo en sus líneas, solamente apoyados en buenas caracterizaciones físicas.

Finalmente, Gauguin: Viaje a Tahití peca de subestimar a la audiencia. Más de un dato inquietante se borra o se moldea al mejor estilo Disney. Es una lástima, porque atestiguar cómo el pintor abandonó a su familia es más valioso que inventar un situación opuesta. O recurrir a Tuheï Adams, una actriz de 17 años, con un semblante aún mayor, para dar vida a Tehura, su esposa de 13 años. También se olvida de que el protagonista padecía de sífilis, del debate sobre su carácter colonialista sobre los nativos y, aún más importante, de su relación con Vincent Van Gogh, una de las influencias más interesantes en la vida de Gauguin.

De hecho, una de las mejores descripciones de la película puede ser una cita de Van Gogh sobre las primeras obras de su par en la Polinesia, contada por Mario Varga Llosa en su libro El Paraíso en la otra esquina“No fueron pintadas con pincel, sino con el falo. Cuadros que al mismo tiempo que arte son pecados”.  “Esta es la gran pintura —decía además Van Gogh— (que) sale de las entrañas, de la sangre, como la esperma del sexo”.

 

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