Vergara: melancolía en palabras propias

Por Tomás Onorato

Según Robert Mckee, autor del manual Story, para escritores, “una película no funcionará si los personajes no pueden hablar de una forma que sea genuina en su naturaleza, su contexto y en los oídos de los espectadores”. El cine argentino -aún el independiente- tiende a sufrir en la batalla del diálogo. Ya sea por hijos bastardos del cine hollywoodense o por pecar de nac & pop, son pocas las producciones capaces de mantener lenguajes universales sin recurrir a muletas nacidas en los clásicos de Steven Spielberg.

En este contexto, se estrena Vergara. El séptimo filme de Sergio Mazza, autor de El Amarillo (2006) y Gallero (2008), que promete desde el primer minuto un personaje y una sensación: la melancolía.

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Luego de perder a su novia y su trabajo, Marcelo Vergara, interpretado por Jorge Sesán, debe pelear contra un mundo con el que no quiere tener nada que ver. Tan ajeno a las relaciones y a los valores, se ve obligado a revisarse constantemente mientras se inicia en el rubro portuario.

Una historia que vive a través de los diálogos. El director nominado a Mejor película en el Festival de Berlín de 2015 recorre los rincones de Buenos Aires mientras Marcelo expone, entre satírico y abatido, ideas propias de los porteños, pero comprendidas alrededor del globo. Un argumento parecido al de Inside Llewyn Davis (Balada de un hombre común), de los hermanos Coen.

A la par de la constante narrativa conversacional, se vive un ritmo típico de las películas de Woody Allen. El ego del protagonista sufre su individualidad venenosa contra la naturaleza de los que, para él, son mortales. Ese sentimiento se concentra en el furioso deseo de tener hijos, otra persecución en la que Marcelo se adentrará.

Además, nunca falta la fotografía cargada de identidad: composiciones naturalistas pero poéticas sitúan con belleza la historia en la Capital Federal, al igual que Allen logró en Manhattan o Midnight in Paris (Medianoche en París). Por otro lado, Mazza también adopta la música típica de estas películas: el jazz, aunque quizás un poco más movido que en las películas del neoyorquino.

Otra influencia reconocible en Vergara son los recursos que actualmente monopoliza Wes Anderson, como las escenografías que crean un marco en la toma, los planos invasivos sobre los rostros de los personajes -esta vez usados de forma dramática en vez de cómica- y, claro está, la simetría.

Vergara consagra un drama lleno de melancolía, escondida en una charla de bar, en la ventana que da al puerto, en las trompetas y hasta en la relación de aspecto 4:3, un formato muy popular ya en desuso. 

 

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