La Lechuga: no es fácil ser hijo de nadie

Por Nina D’Abramo

Un living de una casa de clase media. Una mesa comedor con cuatro sillas y un pequeño bar con whisky, vino y tequila. Un juego de sillones alrededor de una mesa ratona, un cuadro de La creación de Adán y otro abstracto. Se apagan las luces un momento y se vuelven a prender. Entran en escena Víctor (Pablo Cerri) y Dora (Marina Castillo), y se desparraman en el sillón. Víctor está de mal humor y Dora no para de hablar. Les abrió la puerta una enfermera que trabaja allí y se fue; los dueños de casa aún no llegan. No entienden porqué este año tienen que volver a reunirse si se llevan tan mal. Poco a poco, los espectadores se enteran que están en la casa de Virginia (Sabrina Carballo), la hermana de Víctor, y su esposo Héctor (Juan Paya). La visita no es espontánea, cada año se reúnen en esa casa para celebrar el cumpleaños del padre, el cual está muy grave de salud hace nueve años.

LA LECHUGA ESCENA 5

Entra Virginia, sobrecargada de cosas en las dos manos y, detrás suyo, Héctor. Se nota claramente que las parejas se detestan. Víctor es el hermano más pobre, no le alcanza para nada, tiene cuatro hijos y uno en camino. Su esposa, Dora, tiene una forma de ser y expresarse un poco burda. Virginia y Héctor, por otro lado, son profesionales con buenos trabajos, ejecutivos. Su forma de ser tilinga y canchera desprecia a la pareja humilde y la trata con condescendencia. En el medio de esta tensión, entra Venicio (Nicolás Maiqués), el tercer y último hermano Martínez, a los gritos, contando una historia ridícula. Es el hermano gay que parece estar siempre en su mundo, y que solo construye su hermandad con los otros dos por la inicial compartida del nombre.

La Lechuga fue escrita por el venezolano César Sierra y estrenada en México, Estados Unidos, España, Chile y Perú, entre otros, antes de desembarcar en nuestro lado del Río de La Plata. Esta obra pudo montarse en lugares tan diversos como los nombrados gracias a que el núcleo de la trama está compuesto por temas universales: las problemáticas entre hermanos, la responsabilidad sobre los padres y las diferencias de clase. Para la puesta en escena en Buenos Aires, el director, Nicolás Scarpino, junto al elenco fueron responsables de adaptarla al público local.

LA LECHUGA foto 2

Algunas de estas decisiones fueron más interesantes que otras. Por ejemplo, el humor costumbrista a lo Casados con Hijos de la primera parte de Víctor y Dora hubiese sido más acertado hace unos diez años, hoy queda demodé. Por otro lado, el choque entre clases sociales se acentúa y se argentiniza con la incorporación de un personaje del interior (Dora) en contraste con los porteños. Por último, en varias oportunidades se hacen chistes -no ofensivos- con referencias a temas actuales como la lucha de Ni Una Menos y el lenguaje inclusivo, que dan cuenta de cierto aquí y ahora de la puesta.

Esta obra es una tragicomedia bien lograda. Ahonda en temas difíciles, como la muerte, la vejez y la libertad, sin quitarles peso, pero en la dosis justa para mantener la tranquilidad de la comedia y sin fallar en hacer reír al público. Los Martínez y compañía pelean, se hacen amigos, se emborrachan, gritan, lloran y ríen. A veces, en simultaneo.

Al comienzo, los personajes son esquemáticos; la trama parece estar plagada de lugares comunes y el humor pasado de moda. Sin embargo, se da un quiebre al entrar el histriónico último invitado a la casa. La obra empieza a tomar vuelo, encuentra su ritmo y lo mantiene. El gran responsable de esto es Maiqués (Venicio), la pata cómica fuerte junto a Castillo (Dora). Su entrada inyecta velocidad a la obra y genera un contrapunto interesante que complejiza la dicotomía un poco redundante de Víctor y Virginia.

Los lugares comunes de los personajes pasan de ser una debilidad a ser una fortaleza, debido a un gran trabajo actoral de todo el elenco. Le da una nueva humanidad, mejor lograda y más entretenida que en muchos otros casos a personajes costumbristas. El humor, por su parte, toma un tono desopilante y satírico absolutamente más acorde al público argentino contemporáneo. Finamente, la simpleza de la premisa inicial de la obra evoluciona, demuestra ser multifacética y logra entretener hasta a los más escépticos.

  • La Lechuga, de César Sierra. Dirigida por Nicolás Scarpino. Con Juan Paya, Nicolás Maiqués, Sabrina Carballo, Marina Castillo y Pablo Cerri. En el teatro El Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857.

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