La misma sangre: cuando sea grande, voy a ser como vos

Por Agustina García

En la familia de Elías, el drama se hereda de generación en generación, como si de los ojos claros se tratara. Oscar Martinez, Dolores Fonzi y Diego Velázquez protagonizan La misma sangre, un película con demasiadas preguntas y pocas respuestas. Dirigida por Miguel Cohan.

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“La sangre no es agua”, dicen. La familia de la que proviene Elías y, más tarde, la que formó, lo comprueban. En ese clan familiar, el silencio es un integrante fundamental. El pilar de una estructura que, sin su sostén, se desmorona. Oscar Martínez personifica a Elías, el padre de familia, que tiene una historia un tanto dramática y complicada, pero sospechosa. El silencio, nuevamente, hace su trabajo e invisibiliza todo.

Elias y su mujer, Adriana,  tuvieron dos hijas. Una de ellas, Carla- interpretada por Fonzi- se casa con Santiago -personaje a cargo de Velázquez-. Tiene sentido que las únicas personas que deciden romper la pesadez del silencio que carga esta familia sean aquellos que eligieron ser parte de ella pero que, en realidad, no lo son. No siempre parecer es lo mismo que ser.

La muerte trágica e inesperada de Adriana pone a temblar una trama familiar que, lejos de lo que aparenta, está repleta de dolor y tragedia que traspasa generaciones y parece de nunca acabar. Santiago sospecha que Elias mató  a su mujer, pero no tiene idea de que esta muerte es la punta de un iceberg también manchado con sangre.

Carla, su esposa, no puede creer que su padre mató a su madre, como tampoco creerá todo lo que el silencio  pudo mantener callado después de tantos años. Carla está totalmente confundida con respecto a su familia, pero en el fondo sabe que es suya y que eso, es inalterable.

Oscar Martínez se pone en la piel de un hombre que parece que nunca estuvo conforme con quien es. O con quien dejó que sea. Amargado y solitario, transmite bien ese perfil. Fozi está correcta en su papel, pero no tiene demasiado espacio. Mucho menos que Velázquez, quien, junto a Martínez, se adueña de la pantalla y de la mayoría de los momentos culmines de la película.

foto pelicula

La actriz chilena Paulina García se pone en la piel de Adriana, una mujer tan cansada de su matrimonio que ya dejó de intentar hace tiempo. Su primo, interpretado por su compatriota Luis Gnecco, lo sabe mejor que nadie.

Dirigidos por Miguel Cohan, se nota en  las escenas la incertidumbre de cada interrogante que la trama abre y que, generalmente, deja abierta. Esa es una característica sobresaliente de La misma sangre: se disparan varias aristas pero no todas se cierran. Por no decir ninguna. Es cierto que se reconocen ciertas pistas que podrían dibujar el cierre de los interrogantes, pero ninguno de ellos tiene un final concreto, redondo, certero.

En esta nueva película, Cohan no pretende contar la historia de un crimen cuyo asesino se topa con la justicia: encara una muerte como parte de un entramado familiar oscuro. No busca la resolución, solo mostrarlo. Así es como vira de ser una película policial convencional a ser una llena de misterio y prácticamente librada al criterio del espectador. El silencio en La misma sangre también es una condición de las primera escenas: parece que la película tarda en contar lo que realmente quiere contar. Y cuando el silencio abunda, los minutos pesan. El ritmo lo adquiere sólo cuando la muerte de Adriana se cuenta desde distintas perspectivas.

No es la primera película basada en un crimen que Cohan dirige. De hecho, a juzgar por su carrera, es la clasificación de films a la que recurre. La última fue Betibú, un policial basado en la novela de Claudia Piñeiro.

La misma sangre logra transmitir el silencio que abruma a esa familia. Primero, pesa. A medida que la película avanza, el silencio se hace cada vez más insostenible. Sin embargo, nunca termina de estallar. Así sucede a partir de esta muerte y así parece que ha sucedido siempre. Quizás, si estallara, no sería lo mismo.

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