Un ladrón con estilo: abrazo a Redford y a la vieja escuela

Por María Singla

Podemos definir melancolía como la añoranza de aquello que trasmutó y nunca volverá a ser como antes. Sin dudas, Un ladrón con estilo -la última película de David Lowery- es un melancólico homenaje a Robert Redford, un cálido abrazo de despedida. Forrest Tucker es el nombre del -aparentemente- último personaje de su carrera. Un simpático ladrón de bancos que, a pesar de tener más de 70 años, no puede dejar de ser un prófugo de la Justicia.

Toda su vida transcurrió entre persecuciones con la policía y épicos escapes de prisiones de máxima seguridad del sur de los Estados Unidos (en donde fríen gente en la silla eléctrica). Lo que lo lleva a amenazar gerentes y cajeros de bancos una y otra vez no es el dinero, no le importa hacerse rico. Es el shot de adrenalina lo que busca realmente.

Sus víctimas lo describen como un buen tipo, como un caballero. Más allá de sus modales, que el ladrón sea un viejo infla en ellos la épica -también melancólica- del ladrón con códigos, que siempre es un espécimen del pasado.

Pero ¿es Forrest Tucker un ladrón con códigos? ¿Con “estilo”, como sugiere la atroz traducción latina del título de la película (el original es The old man & the gun)? Lejos de la dinámica policía-que-persigue-a-ladrón-durante-hora-y-media, Lowery presenta al detective John Hunt -interpretado por Casey Affleck (denunciado por acoso sexual que, además, ganó un Oscar el año pasado)-  como la antítesis de Tucker. Tiene esposa, dos hijos, un trabajo bastante aburrido y una casita con jardín en el que a veces planta cosas. Hunt se aparta del estereotipo de detective que, atribulado por la frustración de no poder resolver el caso, aprieta un botón y se olvida de su familia, su novia, sus padres o cualquier tipo de vínculo afectivo, que, como todos sabemos nunca es tan importante. Pero volviendo a Hunt: él quiere a su familia y le gusta su vida tranquila. Puede que el ladrón “con códigos” le genere cierta admiración, pero hasta ahí, porque indagando se da cuenta que abandonó a su esposa, hijos y nietos a cambio de ser un forajido toda su vida. Un amor, hombres así ya no se encuentran.

Durante toda la película, vemos como Tucker comienza una relación con Jewel (Sissy Spacek), una jubilada muy bella, inteligente, graciosa e idealizada, a quien le tira centros todo el tiempo para que se de cuenta ella de que es un ladrón, pero, oigan, al menos usa traje.

Lo que podría ser un personaje cuestionador del sueño americano como estilo de vida hegemónica se convierte en la glorificación del egocentrismo -no casualmente masculino-. Hacia el final, Tucker cae nuevamente preso y por primera vez cumple la condena a pedido de Jewel. En vez de mandarlo a vender biblias, cuando se entera que el tipo le mintió y la dejó pegada con la policía, ella va a la cárcel y lo perdona, porque Jewel es un adorable personaje-sirena, una de esas mujeres que no existen fuera de las cabezas de guionistas.

Por primera vez Tucker cumple con las reglas y resigna su felicidad en pos de la construcción de algo con un otro , pero ¿es este el tipo de vida que quiere para sí mismo? ¿Es suficiente?

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