El eterno resplandor de Charly García regresó al Luna Park

Por Agustina García

La máxima estrella del rock nacional volvió a brillar sobre el escenario con un Luna Park repleto que se rompió en halagos y aplausos. El show bautizado La torre de Tesla o: cómo dejé de preocuparme por el gobierno y amé la Torre duró casi dos horas y tanto Nito Mestre como Pedro Aznar dijeron presente. Una noche para el recuerdo con un Charly García fiel a su estilo: mítico e indomable.

Resulta misteriosamente difícil escribir sobre Charly. ¿Qué tanto pueden expresar un conjunto de palabras sobre su recital? Probablemente, él diría que no hay que decir nada. Como una especie de ritual, esta clase única de artistas provocan eso: para entender, para tener una idea, solo hay que vivirlo.

Cerca de las ocho de la noche, los estacionamientos de Avenida Corrientes reciben una cantidad de autos anormal para un miércoles de agosto cualquiera. Nadie se sorprende: saben que lo que ocurrirá en el corazón de la ciudad y sobre el legendario escenario del Luna Park.

Más específicamente, es Carlos Alberto García el encargado y responsable de desparramar su esencia y su música por la ciudad. Ya lo hizo una semana antes de la cita cuando, solo mediante su Instagram, anunció su regreso al Luna Park, como si de subir una publicación random se tratara. Publicó el lugar, la fecha, la hora y advirtió que recién al otro día las entradas saldrían a la venta. Estuvieron disponibles desde las diez de la mañana y en tiempo record se agotaron. Todo se explica en una sola palabra que engloba innumerables cosas detrás: Charly.

A sus 67 años y cargando una piel que le impone limitaciones, se animó a su tercer show del año. En febrero y en mayo tocó en el Teatro Gran Rex. Esta vez, volvió al Estadio Luna Park después de siete años. Una oportunidad única que constituye la segunda razón que explica la gran demanda de entradas. La primera es Charly.

El público que rodea al espacio desde temprano no entiende de barreras generacionales: adolescentes, jóvenes y adultos; todos y cada uno hacen la fila correspondiente, ingresan y se disponen a esperar que todo ocurra. Esta es otra característica de un músico de semejante talla: va mucho más allá de un rango etario.

La cita estaba pactada para las ocho y media de la noche, pero el telón se abrió media hora después. El público sufrió la espera y lo hizo notar al ritmo de aplausos y gritos pelados dignos de fanáticos impacientes. Todo valió la pena cuando apareció Charly sentado en un sillón de cuero y rodeado de sus inseparables pianos y micrófonos. Estaba acompañado, como siempre, de su tecladista Fabián “El zorrito” Quintiero, Kiuge Hayashida en las guitarras, Toño Silva en la batería y Carlos González en el bajo. La figura femenina que siempre está en la voz, Rosario Ortega, no estaba. En su lugar, Nito Mestre se adueñó del micrófono para revivir a Sui Generis -el dúo que conformaron en la década de los 60- al son de Instituciones. Justamente eso parecían ambos posados en el escenario.

Terminaron de cantar, el Luna estalló en aplausos, ellos se fundieron en un abrazo y Nito se fue. Rosario entró y enseguida los primeros acordes de De mi comenzaron a sonar. “Cuando estés mal, cuando estés solo, cuando ya estés cansado de llorar, no te olvides de mí porque sé que te puedo estimular”, entonó.

Lo que cantó con Nito fue lo único del seno de las bandas que conformo: Sui Generis, con Mestre, y Serù Giran, con Pedro Aznar y David Lebón. El resto de los temas que integraron su repertorio pertenecieron a su etapa solista. Los más destacados fueron: Demoliendo hoteles, Asesíname, La máquina de ser feliz, Rivalidad, King Kong y Revolución. Tampoco falto Yendo de la cama al living, tema que tuvo un condimento especial. Mientras cantaba: “Podés hacer un gol, podés llevar tu luna al cielo, podés ser un gran campeón, jugar en la selección”, el video del gol de Maradona a los ingleses en el Mundial 86 se reproducía a sus espaldas. Charly se dio vuelta a observarlo. La gente lo festejó. Charly, de nuevo.

“Chau, muchas gracias”, deslizó Charly cuando se cumplió la primera media hora del recital. Inmediatamente, Rosario Ortega se le acercó para poder hablarle al oído. García volvió a acomodarse y apunto: “Gracias por todo, Rosarito”. La chica Ortega es, prácticamente, su bastón en el escenario, la voz que lo guía cuando es estrictamente necesario y acompaña la suya generando una combinación sumamente agradable para el oído.

Más tarde sí. Finalmente, se bajó el telón y se abrió paso a un intervalo. Solo para los músicos, claro. El público, por el contrario, levantó la voz aún más cuando el cantante no estaba, reclamando una aparición rápida.

Superando las expectativas de los espectadores, Charly no solo volvió sino que trajo consigo a Pedro Aznar. Como si la presencia de Nito y el recuerdo de Sui no alcanzara, Aznar se subió al escenario y juntos entonaron No llores por mí Argentina. Crearon uno de los momentos más especiales de un show que ya de por sí lo era. Fue inevitable no pensar en Serù Giran, banda que rompió todos los esquemas allá por los años 70 y continúa siendo de las más reconocidas de la historia nacional. Sellaron el momento con un sentido abrazo lleno de aplausos de fondo.

Nito volvió más tarde para cantar El día que apagaron la luz. Pedro, no. A pesar de que fue mágico el encuentro con ambos, resulta imposible no desear que toquen alguna canción relativa a la etapa musical que compartieron. Charly no acostumbra a eso, y no hace la excepción a pesar de tener a Pedro o a Nito al lado.

“Chau, muchas gracias”, este era el definitivo. Se bajó el telón pero se encendió el público: pedían desesperadamente una más. Tan fuerte era el deseo que, al ver que no sucedía, procedieron a cantar Inconsciente colectivo, Seminare y El fantasma de Canterville. Tres de los temas más populares y significativos. Algo pocas veces visto. Otra vez, Charly.

La gente no quería desistir. “Con Charly nunca se sabe”, comentaban algunos. Sin embargo, no volvió a aparecer. Lo último que dijo antes de dar por terminada la ceremonia fue: “Que viva la música”.

Que viva. Larga vida, Charly. Nos veremos otra vez.

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