La viuda: el discreto encanto de Isabelle Huppert

Por Malena Fornés

El arquetipo del psicópata carismático ha fascinado al mundo del cine desde hace décadas, seduciendo a realizadores y audiencias por igual. Y, por supuesto, también a aquellos actores que ansíen probar el gusto del desenfreno y mancharse las manos con un poco de sangre. Jack Nicholson nos regaló varios ejemplos, y cada asiduo a las salas tendrá seguramente su psycho de película preferido.

La musa europea Isabelle Huppert, en cuya inmensa carrera actoral no escasean para nada personajes de lo más salvajes, y que en 2016 alcanzó popularidad mundial con su protagónico en Elle (por el que obtuvo su primera nominación al Oscar), tiene su turno decididamente más hollywoodense en Greta (tristemente traducida en las salas locales como La viuda). La actriz francesa, que trabajó con directores de la talla de Jean-Luc Godard, Claire Denis y Michael Haneke, viste la piel de una acosadora narcisista.

Este thriller psicológico de receta ya instigó comparaciones con varios éxitos icónicos de los noventa, con quienes comparte más de un elemento en común, como Mujer soltera busca o Atracción fatal. Dirigida por el irlandés Neil Jordan (El juego de las lágrimas, Entrevista con el vampiro), La viuda recupera el esqueleto fundamental de este tipo de narrativas y lo adorna con muy poco, desprendiéndose en principio de la carga erótica, pero ciñéndose a todas las otras convenciones que prescriben.

Aquí, Chloë Grace Moretz (Kick-Ass, Carrie) es Frances McCullen, en teoría, la protagonista de la cinta. Con demasiada cara de niña Disney, parece estar más cerca de formar parte de un slasher mediocre de verano que de ganarse su lugar como rubia hitchcockiana. Ella sirve las mesas en un restaurante de lujo de Manhattan y vive con su amiga rica Erica (Maika Monroe, una actriz en todos los sentidos infinitamente más interesante que Moretz), en un loft espectacular en el área cool de la ciudad, Tribeca.

En uno de sus trayectos regulares en subte desde una locación a otra, a Frances le llama la atención una pequeña y elegante cartera de cuero abandonada a su suerte en un asiento vacío. Decide rescatarla y retornarla a su propietaria, una tal Greta Hideg: a primera vista, una refinada viuda francesa ex profesora de piano, que habita una casa pintoresca casi de cuento, con algunas partituras de Liszt y sus propios recuerdos por sola compañía.

La dulce Frances es la pureza personificada, la Blancanieves de esta historia, que muerde inocentemente la manzana envenenada, o que se mete en la boca del lobo, dependiendo de a qué motivo recurrente del relato fantástico uno prefiera acudir. La filmografía de Jordan, después de todo, está anegada de referencias y acercamientos al mundo imaginario de ese género, desde que allá por 1984 comenzó a llamar la atención con En compañía de lobos, hasta el que hasta ahora era su último largometraje, Byzantium (2012), donde regresó a un terreno ya conocido por él con otra ficción de vampiros.

En La viuda, lo acompaña como guionista Ray Wright, autor de unos pocos films de suspenso y terror más bien olvidables. Quizá a esto se deba en parte la debilidad de la propuesta, pero no deja de resultar decepcionante que el director no se haya atrevido a un grado mayor de coqueteo con la retórica del cuento de hadas, cuyos elementos temáticos sí pueden rastrearse a lo largo del film. Después del primer encuentro, la amistad entre las dos mujeres escala rápido, pero se derrumba en cuanto se esclarece la verdadera agenda de la viuda del título.

Jordan no demora demasiado en revelar sus cartas, y las pone bien temprano sobre la mesa. A diferencia de lo que acostumbra a hacer el personaje de Greta, a la película poco le interesa el engaño ni apuesta a subvertir las expectativas del espectador: es directa, sus giros y vuelcos fueron tantas veces transitados que la audiencia puede navegarlos con comodidad, incluso con ligero aburrimiento. Cuando entra en escena un perro, suficientes conejos en ollas de cocina nos prepararon para adivinar perfectamente cómo va a terminar la cosa (para decepción de los morbosos, ni siquiera de manera tan perversamente satisfactoria).

Pero nada de eso importa demasiado, porque el centro de todo, la fuerza centrípeta del film, está en la propia Greta. Ella es, como el guion en un momento la describe, un agujero negro que absorbe todo cuanto la rodea, energía pura y cruda, y la película sufre cada minuto que Huppert no está en pantalla. Su personaje incita alternativamente aprensión, repulsión y vergüenza ajena y, constantemente, una mórbida fascinación que decanta siempre en el deseo de que permanezca aunque sea un poco más de tiempo dentro del encuadre.

Sedosa como un gato, deslizándose de un segundo a otro desde su máscara de mujer mayor dulce y solitaria a stalker obsesiva, y hasta el máximo nivel de loca absoluta e irrefrenable, Huppert es una delicia de mirar. Su representación es filosa, cada mueca peligrosa pero, a la vez, elegante y discreta, sin que abunden demasiado los excesos indulgentes. Cuando, finalmente, se torna en modo psycho-killer, dando rienda suelta a toda esa perversión con tintes de Misery (más una pizca de la madre de Carrie para sazón), la banda sonora a cargo del siempre impecable Javier Navarrete (El laberinto del Fauno), con quien Jordan venía de trabajar en Byzantium, eleva más de una escena clave. Vivaldi nunca sonó tan inquietante como durante la implosión en el restaurante.

Igual de memorable es la visión [¡Spoiler!] de Huppert, bailando y matando en el mismo pas de chat, en una secuencia con ecos del Patrick Bateman de Psicópata americano. Son esos instantes en los que La viuda realmente encuentra su resplandor y uno desea que sostuviera menos el foco sobre la joven ingenua y más en su trepidante antagonista.

Los hombres son, como mucho, periféricos (un marido muerto, un padre ausente, un investigador intrascendente). La potencia está en estas mujeres y en sus psiquis rotas. Como madre y como villana, Greta es el epítome de la mano de hierro en el guante de seda, y su brutalidad implacable aparece siempre enfundada en la impoluta performance de la femineidad. “Somos, ante todo, damas”, le susurra con una voz empalagosa como la miel al personaje de Moretz. De hecho, su compromiso con la perfecta imagen de lady a la francesa provee gran parte de la dosis de humor negro que esconde la película, pero Jordan y Wright parecen no encontrar demasiado espacio en el que experimentar con este registro. En su lugar, el relato se aferra a su vena melodramática, con el director retornando a explorar la compleja trama del vínculo madre/hija, que ya había formado parte de Byzantium.

Como la madre-vampiresa de esa historia, vuelve a surgir aquí la figura de la maternidad omnipresente, controladora, inescapable, aunque bastante más cruel y con estrategias que ya se vieron hace relativamente poco en Adora Crellin, personaje de la serie de HBO Sharp Objects. Pero es una arista que no se profundiza, cediendo en cambio quizá demasiado terreno a una resolución final que tampoco se gana su peso.

En conjunto, el guion se reserva más bien pocas sorpresas. Como la misma Greta, la película danza con entusiasmo sobre el horizonte de expectativas del género, regodeándose en el cliché; y aunque ofrece algún que otro guiño (la doble falsa secuencia de sueño es particularmente llamativa en su diálogo con esos lugares comunes), gran parte del tiempo se dedica a ejecutar cada nota esencialmente con seriedad, y este es quizá su mayor pecado.  

  • La viuda (Greta). Dirección: Neil Jordan. Guion: Neil Jordan, Ray Wright. Elenco: Isabelle Huppert, Chloë Grace Moretz, Maika Monroe, Zawe Ashton, Stephen Rea. Dirección de fotografía: Seamus McGarvey.

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