Fin de fiesta intergaláctica: un recorrido por Star Wars para entender The Rise of Skywalker

Por Juan Pablo Manrique

Finalmente llega a los cines el noveno episodio de la saga creada y llevada a lo más alto por George Lucas, que hace olvidar -por momentos- de que se trata de películas de ciencia ficción. Con constancia, se asemeja más bien a un drama con rasgos de comedia (acrecentados desde que Disney tomó el control del Halcón Milenario), ubicado en la vasta galaxia.

Cuando en 2015 se dieron a conocer a Rey, Poe y Finn (Daisy Ridley, Oscar Isaac y John Boyega respectivamente) se abrió paso para recorrer sus destinos como futuros héroes de la Resistencia, fuerza liderada por la general Leia Organa (Carrie Fisher), desde el Episodio VII – The Force Awakens. Sus caminos parecían empezar a cruzarse en la búsqueda de despertar en la audiencia un recambio emocional: reemplazar a Han Solo, a Luke y a la misma Leia en el corazón de quienes se fanatizaron con Star Wars.

El desafío que el director J. J. Abrams tuvo con The Force Awakens fue generar una razón de ser a una guerra que en el fondo todos ya sabían ganada. El emperador Palpatine había sido derrotado por su mismísimo aprendiz, Darth Vader (ex Anakin Skywalker), en el Episode VI – Return of the Jedi, pero un desbalance (o balance) en la “fuerza” hizo que naciera el personaje más rico de toda esta nueva trilogía: Kylo Ren, o Ben Solo, interpretado por el magnifico Adam Driver. Y, por supuesto, surgió lo más parecido al Imperio Galáctico de la saga original, la Primera Orden, dirigida militarmente por un General Hux (Domhnall Gleeson) -parecido a un jerarca nazi de Tarantino- y espiritualmente sostenida en el mundo Sith (lo contrario a los Jedi) por el líder supremo Snoke, que tenía poder sobre Kylo Ren.

A continuación, el director Rian Johnson fue cuestionado por los vericuetos que vivió su Luke Skywalker mayor en Episode VIII – The Last Jedi, así como las decisiones que tomó para los personajes. En 2017 estrenó un film que los fans criticaron tanto como amaron, por sus apuestas a salirse de lo esperable.

El mecanismo de destruir un planeta gigante o mega arma de aniquilación masiva ya obtuvo tres apariciones: en los episodios IV & VI fue la Estrella de la Muerte, y en el VII el de la Primera Orden. The Last Jedi fue más allá, planteó una idea del sentido real de la fuerza; la esperanza y la convicción colectiva de una lucha conjunta.

También en el Episode VIII se cultivó la importancia de ahondar más profundo que la lucha entre el bien y el mal. Las dudas, la tensión real, el dolor profundo y el vínculo tóxico, envolvente pero a la vez inexplicablemente empático, entre Rey y Kylo Ren. El hijo de Han Solo y Leia ya había matado a su padre (con lo que se ganó el odio de los fanáticos por arrebatar a Harrison Ford), mató a Snoke, se puso en el sillón de Rivadavia de su imperio, fue a destruir a la Resistencia y se peleó con Luke (metafóricamente, tal vez, con mucho odio contra su antiguo maestro).

Rey se convirtió, dentro y fuera de la pantalla, en un personaje entrañable y noble, con matices, dualidades, dudas, miedo e ira. Factores perfectos para ser del Lado Oscuro, pero insuficientes en comparación con la bondad, el amor, la valentía y la lealtad que la componen. Este personaje de luz pura no puede no ser Jedi: la última Jedi. Pero en ella está el segundo punto fuerte de la saga; duda tanto de sus propios sentimientos que, a pesar de su odio a Kylo Ren, está empernada con traerlo al lado Jedi.

Ese caldo se cocina con los ingredientes justos, hasta que aparece la última entrega, el Episode IX – The Rise of Skywalker. La trama presente un estadío superior y maduro de sus cuatro protagonistas. Los tres que forman parte de los rebeldes -o la República- y el malo. Parece simplista, pero desde que apareció en pantalla, en 2015, Kylo Ren quiso parecerse a Darth Vader, deseó ser el más fuerte del Lado Oscuro y apuntó a romper todo lo que estuviera en su camino, siempre. Lo interesante de este papel es que no disfruta de esa maldad; la padece, envuelto en una ira que no puede comprender, pero que alimenta sus propias ambiciones de ser el más poderoso del universo.

Como de costumbre, los efectos especiales son una bomba; las razas extraterrestres que aparecen para sacar una sonrisa con una forma rara de hablar no quedan afuera (repito, incrementadas exponencialmente desde que Mickey Mouse tomó el control) y las batallas de naves son espectaculares. No va a sorprender eso. Tal vez, por tratarse de una historia larga, se puede reprochar que tiene el síndrome Game of Thrones, donde los viajes parecen teletransportaciones de segundos de un lado a otro; pero sino para qué inventaron en 1977 el Jump to Light Speed del Halcón Milenario (Han Solo era un tipo ansioso).

La forma en que está escrito este último largometraje es otra apuesta muy arriesgada. El mal aparece nuevamente en la ecuación para encarnarse en un viejo enemigo que inserta miedo. Vuelve a tener protagonismo esa mitología Sith / Jedi que Luke estudió durante todos los años que vivió alejado, en el planeta de Isla con Montañas. Pero esa imposición del bien contra el mal no es liviana, y sus encarnaciones muestran el peso. Rey y Kylo Ren sufren el ser adultos jóvenes con un mandato y responsabilidad tan claro para los de afuera, pero tan cuestionable para ellos mismos. Sí, es lo que quieren, pero… ¿es lo que quieren?

Hay algunas introducciones de personajes en pantalla que parecen trailers engañosos para futuras ramificaciones de la Disney’s Star Wars Franchise, que, dicho sea de paso, está muy interesante en The Mandalorian (serie que estrenó en Disney+). Papeles con mucho para dar, pero que no se pueden explorar en demasía en un film que tiene que rendirles homenajes a otras ocho o nueve películas, cinco juegos, diez libros, más de treinta fanfics, otras miles novelas no canónicas y un sin fin de productos que se nuclean en este estreno final.

Tal como sus protagonistas repiten una y otra vez, es a todo a nada. Por suerte, The Rise of Skywalker está a la altura de toda esa carga que los fanáticos y fanáticas le inculcan. Cuando la música se escucha en la sala y las letras amarillas comienzan a bajar, todo cinéfilo sin dudas siente una caricia en el alma y se deja llevar por el episodio a punto de empezar.

Esa es la verdadera magia de la guerra de las galaxias. Que una historia, luego de 42 años, siga estando vigente y genere tensión, nerviosismo, risas y lágrimas (las hay) habla muy bien del legado que George Lucas desencadenó en la historia del cine. Como le dice Luke -en el trailer- a Rey: “Mil generaciones viven en tí ahora”.

Star Wars recuerda a su público muchas cuestiones; tal vez un tiempo donde era más fácil distinguir entre buenos y malos fuera del cine. Y este episodio indefectiblemente se deja influenciar por el mundo loco que vivimos hoy. Por su bagaje, permite jugar a pensar que no somos quienes nos dicen que somos, sino quienes realmente deseamos ser. Que la fuerza los y las acompañe.

Nota del redactor: no se priven de esta película. Vayan con quien la vieron una vez en el cine, o en DVD cuando conocíamos a Anakin en modo bueno, o alguna vez comiendo pizza en un bar o en VHS en la casa de algún pariente que la tenía ahí tirada al lado de la videocasetera.

Por otro lado, que alguien le diga a R2-D2 y a C-3PO que se vistan, por favor; no pueden andar desnudos por toda la galaxia, siendo los mejores robots durante tanto tiempo.

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