Hija de un ladrón: el lado B del primer mundo

Por Nina D’Abramo

Comenzó la sexta edición del festival Espanoramas, en Cinépolis Recoleta. Hasta el 13 de marzo podrán verse 14 títulos de lo mejor del cine español del último año. La selección del programa busca reflejar a la España actual como un un país moderno, plural, diverso y comprometido a través de la mirada de una nueva generación de cineastas que afirma su personalidad proyectando su mirada local sobre retos universales. La gala de apertura del festival se celebró con la proyección de Hija de un ladrón, de 2019.

En Hija de un ladrón, Barcelona es un lugar donde siempre está nublado. Lejos de la hermosura del  barrio gótico y las coloridas obras de Gaudí, existen suburbios de concreto, cuadrados y uniformes, donde la clase trabajadora habita. El gris es el color que predomina en esta ópera prima de Belén Funes. El gris de los días sin sol se combina con lo grisáceo del rostro opaco de Sara (interpretada por Greta Fernández en una performance prodigiosa). El suyo es el rostro cansado de una mujer que está y estuvo siempre sola, y para quien vivir es subsistir. Con asistencia del gobierno consigue un lugar para quedarse junto con su bebé, mientras intenta mantener también a su hermano más chico, quien vive en un centro para menores. Ella siempre trabajó como personal de limpieza o de camarera, es lo que sabe hacer. Con 22 años, Sara no ve el sol. Como quisiera conocer días menos grises, más brillantes y cálidos.

Su vida se complica aún más cuando Manuel, su padre (Eduard Fernández), decide reaparecer luego de años de abandono. Recién salido de la cárcel, ese hombre significa violencia, desamparo y promesas falsas para la protagonista. Sin embargo, él la visita en su casa y le promete que esta vez iba a ayudarla.

La delicadeza con la que Funes construye las escenas, personajes y diálogos genera un relato punzante e incómodo. Uno en el que el padre, disruptivo y emocionalmente impotente, aplasta la fragilidad de la que no puede escapar la hija cuando está cerca suyo.

Hija de un ladrón es también una película de grises emociones: la soledad, la decepción, el cansancio, la hostilidad. El gris de hacer concesiones con quien sabemos nos defraudará, porque necesitamos algo en qué creer. El gris de la unión por sangre y nada más. Es el color de lo inestable y lo ambiguo. También gris y sombría es la carencia, material y afectiva, que crece como enredaderas en la juventud española en el contexto contemporáneo post-crisis. La directora devela con su cámara la existencia de una generación de jóvenes españoles que quedaron huérfanos y desarraigados. Viven en la zona gris de ser marginales en un país de ricos, el primer mundo los dejó atrás en su propia ciudad. La sórdida relación padre-hija y el contexto desgarrador de la clase más precarizada y marginal de España funcionan como un juego de figura-fondo de balance perfecto en el relato de una pequeña vida, mundana y sufrida. Cine social en su máxima expresión; la obra de Belén Funes es cine sobre las pequeñas vidas de las grandes multitudes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s